como todo lo que baja cuando sube, como cada noche mía tras tu mañana.
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mi corazón es algo que se oculta detrás de este paquete de tabaco. Pero no se trataba de humo.
Beibi.
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Beibi.
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y, corderito de mí, que no quise ir cantando por las esquinas esta dicha –beeeeeee!- sin saber que por las noches te dormías contándome.
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la extraña sensación de que estabas cerca, de que acababas de pasar por allí hacía un instante. Arrojadas todas las consideraciones al suelo para correr más rápido por las calles aún frescas de ti.
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yo no soy así, entiéndeme. Esta no es sino una manera que tiene el mundo de verme.
(no soy más que una pequeña veleta a merced del viento. Del oeste)
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(no soy más que una pequeña veleta a merced del viento. Del oeste)
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Hace unos cuantos años, cuando todavía no era rojo, vivía en la ciudad del sur con la chica azul.
Me preguntaba invariablemente cada cumpleaños qué quería de regalo, y yo le contestaba invariablemente “quiero un patito de goma”. No era por joder, entiéndeme, sino porque quería que me hiciese el regalo que ella quería y no el regalo que quería yo, que dejaría de ser regalo y pasaría a ser una petición. En fin, que después de los años se dio cuenta y he aquí que me regaló ¡¡un patito de goma!!
Pero has de saber que los patos de goma hace mucho que no se fabrican, debido a su toxicidad, siendo reemplazados por el plástico. Así que la chica azul removió cielo y tierra para conseguirlo, y al final lo compró por internet en una tienda vintage de London a un precio irrazonable.
Y luego lo abandoné todo: la chica azul, la vida de plástico, la ciudad del sur, y me fui a buscar el norte; supongo que la culpa la tuvo el volverme rojo, pero esa es otra pequeña historia. Desde aquella me acompaña un patito de goma, al que llamo drapo.
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Me preguntaba invariablemente cada cumpleaños qué quería de regalo, y yo le contestaba invariablemente “quiero un patito de goma”. No era por joder, entiéndeme, sino porque quería que me hiciese el regalo que ella quería y no el regalo que quería yo, que dejaría de ser regalo y pasaría a ser una petición. En fin, que después de los años se dio cuenta y he aquí que me regaló ¡¡un patito de goma!!
Pero has de saber que los patos de goma hace mucho que no se fabrican, debido a su toxicidad, siendo reemplazados por el plástico. Así que la chica azul removió cielo y tierra para conseguirlo, y al final lo compró por internet en una tienda vintage de London a un precio irrazonable.
Y luego lo abandoné todo: la chica azul, la vida de plástico, la ciudad del sur, y me fui a buscar el norte; supongo que la culpa la tuvo el volverme rojo, pero esa es otra pequeña historia. Desde aquella me acompaña un patito de goma, al que llamo drapo.
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